actitud Tallulah
viernes, 4 de noviembre de 2011
oh clarice i´m in love with you
Esa primavera era muy seca, y la radio estallaba captando su estática, la ropa se erizaba al soltar la electricidad del cuerpo, el peine levantaba los cabellos imantados, era una dura primavera. Y muy vacía.
miércoles, 2 de noviembre de 2011
888
al final no escribí nada de la nieve.
el viaje arrancó mal, con mi hermano llegando tarde, yo puteando y llorando, amargada y enojada: hacer 17 horas de un tirón buenos aires-bariloche no era mi idea de viaje. al llegar la recompensa: un bife de chorizo, una bandeja de papas fritas, un botella de vino tinto y la promesa de una cama caliente no más subir la montaña. la ciudad cenicienta y el hotel enorme con sus cabezas de renos y esqueletos de ciervos, casi vacío en la peor temporada en muchísimo tiempo.
al otro día fuimos a esquiar, solos mi hermano y yo. me subió directo en la cuadruple y lo puteé como lo puteaba a mi papá cuando me metía en pistas negras, pero un poco más. me convertí en una persona terriblemente miedosa. una caída es fractura expuesta, una muñeca quebrada, un esguince como mínimo. esquié horrible, trabada, echándole la culpa a la nieve sopa, al tiempo, al equipo que había alquilado de apuro. después me colgué viendo a una chicas, no tendrían más de 12 años y esquiaban muy bien, pero también se caían. y era cuando mejor la pasaban. caerse era la parte divertida de esquiar. traté de imitarlas, fluir en la montaña, soltar el cuerpo, no creo que lo haya logrado ni por un minuto.
pasaron otras cosas después.
casi todas las tardes cuando volvíamos de esquiar tomabamos jugo de naranja, nos hacíamos unos tostados o unas galletitas con paté mientras afuera caía agua nieve y poníámos la ropa a secar en las estufas o sobre el piso. comer con hambre justificada, hambre de verdad, hambre de acabo de bajar dos kilos y llevar el cuerpo hasta el agotamiento. ese hambre.
algunas noches también íbamos un rato a asarnos al sauna o a la pileta. la pileta está dividida en dos: la mitad adentro del hotel y la otra mitad -tenés que sumergirte y pasar debajo de un tabique de madera- al aire libre.
recostarse en uno de los bordes, la espalda contra el chorro de agua caliente, pasarse pedazos de hielo por todo el cuerpo y meterse de nuevo corriendo, el cerro iluminado por los foquitos de las máquinas que de noche aplastan la nieve, la luna grande, el ritual de apareamiento, las nubes de vapor tapando las caras.
esta canción.
renata riendose.
los guantes azules.
el diploma de esquiadora.
una novela de coetzee.
el pac-land.
un teléfono inteligente sin batería
el parte diario
el reno arriba del fuego.
la siesta de las 8 de las noche.
el viaje arrancó mal, con mi hermano llegando tarde, yo puteando y llorando, amargada y enojada: hacer 17 horas de un tirón buenos aires-bariloche no era mi idea de viaje. al llegar la recompensa: un bife de chorizo, una bandeja de papas fritas, un botella de vino tinto y la promesa de una cama caliente no más subir la montaña. la ciudad cenicienta y el hotel enorme con sus cabezas de renos y esqueletos de ciervos, casi vacío en la peor temporada en muchísimo tiempo.
al otro día fuimos a esquiar, solos mi hermano y yo. me subió directo en la cuadruple y lo puteé como lo puteaba a mi papá cuando me metía en pistas negras, pero un poco más. me convertí en una persona terriblemente miedosa. una caída es fractura expuesta, una muñeca quebrada, un esguince como mínimo. esquié horrible, trabada, echándole la culpa a la nieve sopa, al tiempo, al equipo que había alquilado de apuro. después me colgué viendo a una chicas, no tendrían más de 12 años y esquiaban muy bien, pero también se caían. y era cuando mejor la pasaban. caerse era la parte divertida de esquiar. traté de imitarlas, fluir en la montaña, soltar el cuerpo, no creo que lo haya logrado ni por un minuto.
pasaron otras cosas después.
casi todas las tardes cuando volvíamos de esquiar tomabamos jugo de naranja, nos hacíamos unos tostados o unas galletitas con paté mientras afuera caía agua nieve y poníámos la ropa a secar en las estufas o sobre el piso. comer con hambre justificada, hambre de verdad, hambre de acabo de bajar dos kilos y llevar el cuerpo hasta el agotamiento. ese hambre.
algunas noches también íbamos un rato a asarnos al sauna o a la pileta. la pileta está dividida en dos: la mitad adentro del hotel y la otra mitad -tenés que sumergirte y pasar debajo de un tabique de madera- al aire libre.
recostarse en uno de los bordes, la espalda contra el chorro de agua caliente, pasarse pedazos de hielo por todo el cuerpo y meterse de nuevo corriendo, el cerro iluminado por los foquitos de las máquinas que de noche aplastan la nieve, la luna grande, el ritual de apareamiento, las nubes de vapor tapando las caras.
esta canción.
renata riendose.
los guantes azules.
el diploma de esquiadora.
una novela de coetzee.
el pac-land.
un teléfono inteligente sin batería
el parte diario
el reno arriba del fuego.
la siesta de las 8 de las noche.
martes, 2 de agosto de 2011
lunes, 1 de agosto de 2011
viernes, 29 de julio de 2011
La nieve y todo lo demás
leí esta novela el último verano en Costa Esmeralda, entre el 31 de diciembre y el 1 de enero. es linda, cortita, redonda, del tipo de libros que subrayás y elegís para torturar a tu marido y a tus hijas leyéndoles fragmentos descontextualizados durante un viaje en auto.
en una parte, la pareja protagonista, los enamorados del título, están dentro de un taxi, yendo por las calles nevadas de Nueva York hasta el departamento de ella. es la previa de la previa: ya saben que van a coger (por primera vez) y tienen todas las cuadras que faltan para anticiparse (antevivir?) el momento con una mezcla de ansiedad, miedo y excitación.
"Entonces miró hacia afuera por la ventanilla y vio los copos de nieve que caían y giraban y las fachadas oscuras de los negocios, bien cerrados contra la noche, y dijo (era la única frase que yo también recordaba, había olvidado muchas cosas pero recordaba aquella frase trunca) ¿no es hermoso a veces?, y yo le pregunté qué era hermoso a veces, y ella dijo: la nieve y todo lo demás".
en una parte, la pareja protagonista, los enamorados del título, están dentro de un taxi, yendo por las calles nevadas de Nueva York hasta el departamento de ella. es la previa de la previa: ya saben que van a coger (por primera vez) y tienen todas las cuadras que faltan para anticiparse (antevivir?) el momento con una mezcla de ansiedad, miedo y excitación.
"Entonces miró hacia afuera por la ventanilla y vio los copos de nieve que caían y giraban y las fachadas oscuras de los negocios, bien cerrados contra la noche, y dijo (era la única frase que yo también recordaba, había olvidado muchas cosas pero recordaba aquella frase trunca) ¿no es hermoso a veces?, y yo le pregunté qué era hermoso a veces, y ella dijo: la nieve y todo lo demás".
jueves, 28 de julio de 2011
Cena para seis
hablando de TC, la primera vez que escuché sobre Tallulah fue a través de él. fue hace algunos años cuando leí Kate Mc Cloud, uno de los relatos de Plegarias.
en Kate Mc Kloud, P.B Jones (un narrador que se parece mucho a TC) recuerda una noche fatal en la que seis personas con sus facultades mentales alteradas se juntaron a compartir una cena en la casa de un editor neoyorkino. El anfitrión es Turner Boatwright, un personaje con muchísimo de George Davis, una de las primeras personas que confió en el talento de Capote (más tarde se terminaron odiando) y fundador de la mítica February House en Brooklyn Heights.
La velada es en homenaje a Montgomery Clift, en pleno esplendor actoral al momento del relato, y las otras tres invitadas son Dorothy Parker, Tallulah Bankhead y Estelle Winwood. El mismo Boatwright/Davis se ocupa de la comida (sopa senegalesa, estofado, ensalada, un surtido de quesos y soufflé de limón) y se sienta a esperar con P.B a los invitados, citados para las 7.30. Pasan los minutos, las horas, las ginebras y ninguno de los cuatro invitados aparece, el estofado se empieza a secar en la cocina y a las 9 el anfitrión estalla: "Dios mío, ¿no se dan cuenta de lo que he hecho? Yo no sé Estelle, pero las otras tres son todas unas borrachas. He invitado a cenar a tres alcohólicas. Una ya está mal. Pero tres no acudiran nunca".
Finalmente los invitados tocan el timbre, completamente borrachos, y más preocupados porque les hagan un refill continuo de bourbon que por probar ningún plato.
A cada uno P.B/Truman le asesta uno de sus dardos ponzoñosos:
De Dorothy Parker dice: "La Parker tenía el aspecto de las mujeres a las que cualquiera le cedería inmediatamente el asiento en el subte, una niña vulnerable engañosamente imposibilitada que se hubiese ido a dormir y se hubiese levantado cuarenta años más tarde con ojos hinchados, dentadura postiza y whisky en el aliento".
De Tallulah: "Tenía la cabeza demasiado grande para su cuerpo y los pies demasiado pequeños. En cualquier caso, su presencia era por demás fuerte para que una habitación la contuviera, necesitaba un auditorio".
De Winwood: "Era una criatura exótica, delgada como una serpiente tiesa, como una directora de escuela".
A Monty lo pinta como el borracho más lindo del mundo, incapaz, desaliñado e imposibilitado de controlar sus manos temblequeantes: "Clift dejó caer un cigarrillo en su recipiente de sopa senegalesa que estaba intacto, y se quedo inerte, mirando fijamente el vacío, como si estuviera representando un soldado con neurosis de guerra" (esta imagen me resulta especialmente divertida).
El relato de esta cena ocupa unas cuatro páginas de Kate Mc Kloud, el momento más alto es un diálogo incoherente entre Parker y Tallulah sobre Monty que no les voy a contar por si quieren leerlo.
Algún tiempo después -no me acuerdo donde, tal vez la biografía de Gerald Clarke- leí a TC hablando de Tallulah otra vez. Contaba acerca una fiesta en California en la que cuando llegó el momento de meterse en la pileta, la actriz se apareció desnuda de pies a cabeza, solo adornada con su collar de perlas -"en un actitud muy tallulah", según Truman- y ante la sorpresa del resto de los invitados dijo algo así como "para que vean que soy toda rubia natural".
en Kate Mc Kloud, P.B Jones (un narrador que se parece mucho a TC) recuerda una noche fatal en la que seis personas con sus facultades mentales alteradas se juntaron a compartir una cena en la casa de un editor neoyorkino. El anfitrión es Turner Boatwright, un personaje con muchísimo de George Davis, una de las primeras personas que confió en el talento de Capote (más tarde se terminaron odiando) y fundador de la mítica February House en Brooklyn Heights.
La velada es en homenaje a Montgomery Clift, en pleno esplendor actoral al momento del relato, y las otras tres invitadas son Dorothy Parker, Tallulah Bankhead y Estelle Winwood. El mismo Boatwright/Davis se ocupa de la comida (sopa senegalesa, estofado, ensalada, un surtido de quesos y soufflé de limón) y se sienta a esperar con P.B a los invitados, citados para las 7.30. Pasan los minutos, las horas, las ginebras y ninguno de los cuatro invitados aparece, el estofado se empieza a secar en la cocina y a las 9 el anfitrión estalla: "Dios mío, ¿no se dan cuenta de lo que he hecho? Yo no sé Estelle, pero las otras tres son todas unas borrachas. He invitado a cenar a tres alcohólicas. Una ya está mal. Pero tres no acudiran nunca".
Finalmente los invitados tocan el timbre, completamente borrachos, y más preocupados porque les hagan un refill continuo de bourbon que por probar ningún plato.
A cada uno P.B/Truman le asesta uno de sus dardos ponzoñosos:
De Dorothy Parker dice: "La Parker tenía el aspecto de las mujeres a las que cualquiera le cedería inmediatamente el asiento en el subte, una niña vulnerable engañosamente imposibilitada que se hubiese ido a dormir y se hubiese levantado cuarenta años más tarde con ojos hinchados, dentadura postiza y whisky en el aliento".
De Tallulah: "Tenía la cabeza demasiado grande para su cuerpo y los pies demasiado pequeños. En cualquier caso, su presencia era por demás fuerte para que una habitación la contuviera, necesitaba un auditorio".
De Winwood: "Era una criatura exótica, delgada como una serpiente tiesa, como una directora de escuela".
A Monty lo pinta como el borracho más lindo del mundo, incapaz, desaliñado e imposibilitado de controlar sus manos temblequeantes: "Clift dejó caer un cigarrillo en su recipiente de sopa senegalesa que estaba intacto, y se quedo inerte, mirando fijamente el vacío, como si estuviera representando un soldado con neurosis de guerra" (esta imagen me resulta especialmente divertida).
El relato de esta cena ocupa unas cuatro páginas de Kate Mc Kloud, el momento más alto es un diálogo incoherente entre Parker y Tallulah sobre Monty que no les voy a contar por si quieren leerlo.
Algún tiempo después -no me acuerdo donde, tal vez la biografía de Gerald Clarke- leí a TC hablando de Tallulah otra vez. Contaba acerca una fiesta en California en la que cuando llegó el momento de meterse en la pileta, la actriz se apareció desnuda de pies a cabeza, solo adornada con su collar de perlas -"en un actitud muy tallulah", según Truman- y ante la sorpresa del resto de los invitados dijo algo así como "para que vean que soy toda rubia natural".
miércoles, 27 de julio de 2011
textual
El otro día uno de mis editores favoritos me dijo: "Al final sos como mi hija. La reto, pero termina haciendo lo que quiere".
martes, 26 de julio de 2011
II
a veces tengo jet lag sin subirme a ningún avión.
me pasa cuando estoy muchos días sin salir de la ciudad y voy a un lugar donde hay verde y arboles y plantas. al principio todo me parece raro, desfasado, un poco artificial. piso el pasto como pisaría la luna. tiene que pasar un tiempo hasta que el sauce se convierta en algo real tan como una autopista y el ombú deje de resultarme amenazante.
podría estar hecha (yo) de hormigón también.
me pasa cuando estoy muchos días sin salir de la ciudad y voy a un lugar donde hay verde y arboles y plantas. al principio todo me parece raro, desfasado, un poco artificial. piso el pasto como pisaría la luna. tiene que pasar un tiempo hasta que el sauce se convierta en algo real tan como una autopista y el ombú deje de resultarme amenazante.
podría estar hecha (yo) de hormigón también.
lunes, 25 de julio de 2011
I
con los años empecé a tener empatía con el color marrón.
el marrón es el color de la madera, de la tierra, de las películas de los ´80 de woody allen. de las almendras. todas cosas que me gustan.
del café con leche. de mi tapado peludo favorito. de la piel después de muchos días sol. de los cachorros labradores de publicidad.
también empecé a apreciar el gris. un color muy subestimado, ninguneado.
el gris también me gusta.
el marrón es el color de la madera, de la tierra, de las películas de los ´80 de woody allen. de las almendras. todas cosas que me gustan.
del café con leche. de mi tapado peludo favorito. de la piel después de muchos días sol. de los cachorros labradores de publicidad.
también empecé a apreciar el gris. un color muy subestimado, ninguneado.
el gris también me gusta.
martes, 19 de julio de 2011
Monstruos perfectos
hoy preguntaban en tw por tu comienzo favorito de la literatura. para mí uno de los mejores es el de Monstruos Perfectos, uno de los capítulos de Plegarias Atendidas que me parece -lejos- lo más cerca qe estuvo TC de la perfección. Ahí va.
"En algún rincón de este mundo vive un filósofo excepcional, una chica que se llama Florie Rotondo.
El otro día, en una revista que recopila redacciones de colegiales, di con una de sus reflexiones. Decía así: Si pudiese hacer lo que quisiera, me iría al centro de la Tierra, nuestro planeta, y buscaría uranio, rubíes y oro. Intentaría encontrar Monstruos Perfectos. Después me iría a vivir al campo. Florie Rotondo, 8 años.
Florie, cariño, sé muy bien a qué te refieres, aunque tu misma no lo sepas: ¿cómo podrías saberlo, con sólo ocho años?"
"En algún rincón de este mundo vive un filósofo excepcional, una chica que se llama Florie Rotondo.
El otro día, en una revista que recopila redacciones de colegiales, di con una de sus reflexiones. Decía así: Si pudiese hacer lo que quisiera, me iría al centro de la Tierra, nuestro planeta, y buscaría uranio, rubíes y oro. Intentaría encontrar Monstruos Perfectos. Después me iría a vivir al campo. Florie Rotondo, 8 años.
Florie, cariño, sé muy bien a qué te refieres, aunque tu misma no lo sepas: ¿cómo podrías saberlo, con sólo ocho años?"
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